¿TU QUOQUE, LANATA?
En un discurso reciente, al presentar el proyecto de homenaje a Scalabrini Ortiz por el cincuentenario de su muerte, la Presidenta dijo que este gran argentino, lo mismo que otros como Jauretche, Manzi y Discépolo, fueron "casi silenciados" por los grandes medios de prensa de su época. Pese a moderar un tanto su afirmación con el reticente "casi", varios medios -acaso por sentirse aludidos- salieron a refutar esas palabras de la primera mandataria. Hemos leído artículos sobre el tema en, por lo menos, dos publicaciones partidarias ("Prensa Obrera" y "Crítica de la Argentina"). En ambas se niega que estos pensadores nacionales hayan sido "casi silenciados". El inefable polígrafo Jorge Lanata (historiador, novelista, periodista, conductor radial y televisivo y otros etcéteras un poco menos destacables), se basa en fragmentos descontextualizados de un libro de Norberto Galasso para afirmar que Scalabrini, en realidad, fue silenciado por el peronismo (ni antes ni después, sino única y exclusivamente por el peronismo) y al citar a Manzi y a Discépolo despliega una serie de realizaciones artísticas de éstos que demostrarían -según él- que nunca fueron silenciados, ni "casi silenciados" siquiera. Con el método avieso que utilizara su maestro Bernardo Neustadt o sus actuales compañeros de ruta Morales Solá, Nelson Castro y otros célebres expendedores de mendacidad mediática, Lanata oculta la verdad escudándose en la ligereza de una nota periodística. Basta leer completa cualquiera de las obras de Galasso sobre estos grandes patriotas para comprobar que más que "casi" silenciamiento, sobre ellos se cernió toda la vida el más infame y criminal ninguneo de la prensa.
La viuda de Scalabrini Ortiz solía recordar que después del ‘59 muchos editores se acercaron a ella para que los autorizara a reeditar "El hombre que está solo y espera" y ella condicionaba esa reedición a que se hiciera lo propio con "Historia de los ferrocarriles argentinos" y "Política británica en el río de la Plata". Por supuesto, los editores desistían de inmediato de su empresa y al mejor modo bernardiano "lo dejaban ahí"... Con Manzi y Discépolo, entre tantos otros, aconteció algo similar. Para difundir su labor meramente artística siempre tuvieron medios a su alcance, siempre se los recordó como "el poeta de la nostalgia" (Manzi) o "el amargo filósofo de la porteñidad", cuyos tangos desgarrados y crueles tenían su indiscutible filiación en una infancia triste o en las presuntas infidelidades de su pareja (Discépolo). Jamás antes de 1970 (salvo los reivindicables trabajos, también silenciados, de Norberto Galasso) se mostró el perfil político de estos autores. Las nuevas generaciones surgidas después del ‘55 desconocíamos prolijamente que Manzi, además de autor de "Sur" y "Malena" había sido importante dirigente yrigoyenista y cofundador de FORJA. Mucho menos conocíamos sus décimas a Juan y Eva Perón, estrenadas por Hugo del Carril a fines de los 40 o su notable discurso de 1947 "Tablas de sangre en el radicalismo", donde afirma aquello de que Perón "es el reconductor de la obra inconclusa de Hipólito Yrigoyen".
En cuanto a Discépolo, sus charlas de "Mordisquito" estaban guardadas bajo siete llaves (hasta ser editadas por Freeland en 1973), lo mismo que el motivo real de su muerte, provocada por el odio político de quienes antes se decían sus amigos. "Se murió de ganas" repetían sin mucha convicción los glosistas tangueros de la época. Y también lo dejaban ahí...
Conclusión: la superestructura cultural de la factoría tiene muchas maneras de silenciar o "casi silenciar" a un personaje molesto. Se lo puede enclaustrar, omitir, obstaculizarle todos los caminos a la difusión, como se hizo con Jauretche y Scalabrini, o, cuando no hay más remedio, porque son personajes populares como Manzi o Discépolo, se optará por falsificar su verdadera personalidad, cercenando los costados más peligrosos y urticantes de la misma.
Existe por supuesto otro método menos sutil: la drástica supresión física, de la que un "demócrata" como Mitre y un dictador como Videla (cada cual en su siglo) fueron entusiastas partidarios y cultores. ¿Tú también, Lanata?
Juan Carlos Jara
